Había una vez una lavandería en el centro de Lima que estaba muy orgullosa de ser la más tradicional. Los clientes iban muy contentos a confiarles sus mejores prendas porque aquel establecimiento contaba con la confianza que inspiran tantos años de hacer las cosas siempre del mismo modo.

Si se le preguntaba a sus dueños por el secreto de su éxito ellos no dudaban en responder: «-Si algo no está roto, no hay por qué repararlo. Aquí hacemos las cosas del mismo modo desde 1923 y eso le da confianza a nuestros clientes».

Aquel negocio ejemplar pasó de padres a hijos y con el tiempo se convirtió en uno de los más conocidos de la ciudad. Sin embargo con la llegada del nuevo siglo ocurrieron muchos cambios, y a pesar de que las personas seguían usando ropa y necesitaban cuidar de ella, sus preferencias comenzaron a cambiar debido a un nuevo fenómeno mundial que llamaban Internet.

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Internet era la mejor expresión del mundo nuevo: Muchas más personas, mucho más ocupadas y con una gran necesidad de comunicarse de todas las formas posibles para hablar de lo rápido que ocurren los cambios y lo maravilloso de la innovación y las nuevas ideas. Comenzó a popularizarse la parabra «tendencias» y había dentro del Internet algo que llamaban etiquetas, que cambiaban todos los días ¡y no tenían nada que ver con la ropa!

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Lo cierto es que en ese mundo nuevo la tradición ya no generaba confianza porque los clientes querían velocidad, comodidad y máxima innovación. Afortunadamente nació una nueva forma de hacer funcionar las lavanderías que se adaptaba perfectamente a la nueva situación, se llamaba Getlavado, y por suerte tocó a la puerta de aquella tradicional lavandería que ya estaba muy venida a menos.

Para sorpresa de todos la lavandería tradicional rechazó la oferta, decían que eso del Internet ofendía a sus antepasados y que con la recuperación de la economía el negocio volvería a prosperar.

Algún tiempo después se comenzó a pensar en la difícil decisión de cerrar o vender aquella mítica lavandería. Era tal su situación que ya no podían pagar a sus empleados y la familia tuvo que venir a atenderla personalmente. Entre estas nuevas caras estaba la siempre despierta Diana. Ella era estudiante pero se tomaba tiempo por las tardes para ayudar con la administración y casi sin querer fue haciéndose cargo de la lavandería casi por completo.

Un día Diana estaba navegando en su smartphone y comprendió de pronto la razón de su mala racha. «-Hemos dejado pasar el tren», exclamó lamentándose. Sin embargo no dudó en contactar a Getlavado y hacer los cambios necesarios para sumarse al nuevo modelo de lavanderías que estaba revolucionando a la ciudad.

En apenas unos pocos meses, aquella lavandería legendaria había conseguido sumar su prestigio de negocio tradicional y reconocido, con la última tecnología móvil que permitía a sus clientes programar sus pedidos desde cualquier lugar. ¡Los resultados fueron increíbles!

De ese modo aprendieron que la tradición es muy importante, pero igual de importante es conocer las preferencias de los nuevos clientes y estar siempre a la vanguardia para ofrecer las mejores soluciones a unos clientes cada vez más ocupados y exigentes.

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